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ANTONIO JOSÉ DE SUCRE

ÉPONIMO DE LA UNEXPO


Las interpretaciones historiográficas acerca de la trayectoria de Antonio José de Sucre por lo general, nos han colocado frente a un personaje cuya relevancia incuestionable está estrechamente ligada a su condición de héroe emblemático de la gesta emancipadora. No hay, pues, ninguna aproximación que se salga del sendero que marcan las visiones apologéticas en las cuales más que un acercamiento a la vida y circunstancia del personaje lo que se pretende es mostrarnos sus cualidades sobrehumanas, su conducta intachable, su apego a la virtud, su valor y calidad militar, su lealtad incondicional a la causa de la independencia, para finalmente deplorar su funesto crimen como la consumación de una barbarie propia solamente de los enemigos de la libertad. Pero además, en virtud de su particular vínculo con el Libertador, su trayectoria pública se presenta como un apéndice de la de Bolívar, se le estudia y destaca como sombra y extensión del héroe máximo de la independencia y, en esa misma medida, se escamotea y subestima su propia condición protagónica en el desenvolvimiento de los hechos en los cuales su actuación fue decisiva. A todo ello hay que añadir que, en la mayoría de las obras, lo que ha ocupado primordialmente a los autores ha sido su actuación militar, aspecto especialmente atendido por una cierta orientación historiográfica empeñada en mostrarnos a la independencia como un episodio de batallas sucesivas entre héroes y villanos, en donde cada victoria no fue sino un peldaño más en la ruta ascendente e inequívoca hacia la liberación de todo el continente para desalojar al usurpador español. En síntesis, se nos ha ofrecido de manera acrítica un modelo más a ser incorporado a la galería de los próceres de nuestra independencia para que se mantenga inmutable como modelo imperecedero de virtud, tal como acostumbra hacer la Historia Patria.

El presente resumen biográfico de la vida de Antonio José de Sucre, pretende ofrecer una visión del personaje en la cual no está de por medio la idea de sacralizarlo una vez más sino, por el contrario, entender al personaje dentro de su peculiar dimensión histórica como parte de un proceso diverso y complejo como lo fue el de la independencia hispanoamericana. Lo que se persigue es articular de manera sistemática las acciones y pensamientos de un individuo como Antonio José de Sucre con las circunstancias de su época. Como se trata de un personaje cuya actuación se llevó a cabo en el terreno de la política, entendiendo la guerra como una extensión de ella, no pueden por tanto desestimarse los diferentes aspectos y el complejo ambiente en el cual le toca desenvolverse públicamente. Sucre vivió y murió por la política, o lo que es lo mismo, por el poder. De allí que entendamos este intento de aproximación al personaje como una biografía política de Sucre, como una historia en la cual se privilegian los asuntos relacionados con lo político, con las relaciones de poder en su compleja y contradictoria dinámica.

En las páginas que siguen nos proponemos ofrecerle al lector una interpretación crítica de la vida política del Gran Mariscal de Ayacucho desde su iniciación en el proceso emancipador en la provincia de Cumaná hasta su asesinato en la selva de Berruecos, con el fin de presentar y sistematizar los aspectos que inciden en su actuación política. Nos interesa analizar los elementos que favorecen su incorporación a la dinámica de la independencia, a qué obedece su determinación de acompañar a Bolívar desde 1817 como uno de sus aliados fundamentales. Igualmente es nuestro propósito estudiar las condiciones en las cuales le corresponde llevar adelante la campaña del sur y las contradicciones políticas que implica su actuación militar tanto en los territorios de la Real Audiencia de Quito como en los del Perú. Pretendemos establecer los logros y tropiezos políticos que caracterizan el proceso que da lugar a la creación de Bolivia y la posterior derrota del proyecto como desenlace contradictorio de la puesta en práctica de un determinado modelo político para la entidad recién constituida.

Finalmente, nos detendremos en lo que sería la última etapa de su vida, su debate entre el retiro a la vida privada y las exigencias que le impone el compromiso político adquirido como protagonista de la emancipación cuyo fin es la liquidación física de Sucre, expresión de los enfrentamientos y exacerbación nacionalista que trae como resultado la culminación de la guerra. Se trata, pues, de un ensayo de interpretación cuyo objetivo es ubicar y analizar las circunstancias y definiciones en relación con el conflicto de intereses y de poder que constituye la guerra de independencia más allá de su victorioso resultado militar, para interpretarlo a la luz de las contradicciones que representó el fin del orden colonial y el nacimiento de las repúblicas independientes, proceso en el cual, definitivamente merece ser destacada la acción política de Antonio José de Sucre.


I. Del mandato social al imperativo político (1795-1820)

El período que transcurre entre el año del nacimiento de Antonio José de Sucre en Cumaná y el término de la segunda década del siglo XIX constituye una época en la cual tiene lugar el desenlace definitivo de dos procesos coetáneos e interdependientes cuyos resultados determinan y modifican el futuro de dos realidades absolutamente diferentes: una, la de la España imperial cuyo fin se aproxima de manera ineludible; otra, la americana cuya independencia se convierte en hito contradictorio de su desenvolvimiento futuro. Es precisamente en este contexto de drásticas mudanzas que se da la iniciación de Sucre en la vida pública para convertirse en figura determinante de la independencia de América del Sur. En un principio su vinculación a la política ocurre como resultado de su circunstancia familiar para luego formar parte del ejército de oriente. Posteriormente se convierte en un compromiso político propio al definir su alineamiento con Bolívar lo cual determinará su trayectoria como protagonista de la independencia en estrecha asociación con el desenvolvimiento de la guerra y las definiciones que exigen las circunstancias y el desarrollo del proceso emancipador en cada uno de los lugares y coyunturas en las que le corresponde actuar.


El desarrollo de los acontecimientos de Cumaná a favor del pronunciamiento de Caracas, involucra fundamentalmente a las elites locales quienes, ante el vacío de poder que se produce y frente al llamado que le hace la Junta de Caracas, constituye una Junta Suprema y organiza el gobierno local. Esta determinación de la elite, además de colocarla en la dirección de los asuntos políticos y militares de la provincia, compromete al colectivo familiar. Son ellos, en su condición de principales de la sociedad provincial y junto a ellos los integrantes de su noble estirpe, quienes asumirán el control de la situación. Es, pues, en este contexto que tiene lugar el ingreso y la participación de Antonio José de Sucre en la contienda emancipadora. En un primer momento su incorporación a las filas patriotas, será asunto de la familia, o lo que es lo mismo, de la elite local a la cual pertenece.

Sucre, en correspondencia con su distinguida condición recibe una formación acorde con su rango social, primero en su provincia natal y luego en Caracas. Su iniciación en la carrera de las armas como joven perteneciente al sistema militar de la monarquía española lo pone en contacto con un conjunto de principios donde el orden, la disciplina, la autoridad, el sentido de las jerarquías son valores inalterables y especialmente apreciados; son pues, parte de la conducta y las normas que debe respetar un individuo que, además de pertenecer a una estirpe noble, ingresa a una institución en la cual debe actuarse en correspondencia con el mandato que la institución impone.

Cuando estallan los sucesos de Caracas del 19 de abril, inmediatamente regresa a Cumaná y es incorporado a responsabilidades militares de carácter local; una parte importante de sus familiares más cercanos forman parte del gobierno provincial y, en consecuencia, el joven militar ingresa a la Comandancia de armas del gobierno provincial recién constituido. A partir de allí y como joven oficial de las fuerzas patricias de oriente es convocado al Estado Mayor de Miranda. Luego de la caída de la I República y solventadas las vicisitudes de esta primera derrota ingresa al ejército de oriente bajo el mando de Santiago Mariño, período durante el cual lo sacude el impacto de la guerra, vive la desaparición de familiares cercanos y tiene oportunidad de empezar a conocer la magnitud y complejidad del evento en el cual se encuentra involucrado, más allá de los designios de sus ascendientes.

El triunfo de los realistas, la dramática emigración a oriente de la población de Caracas, la infructuosa resistencia de los ejércitos republicanos en el oriente —Sucre como parte de la oficialidad bajo el mando del general Bermúdez— determinan, finalmente, su retirada, primero a Margarita, de allí a las Antillas y, finalmente, a Cartagena.

El sitio a Cartagena llevado a cabo por la flota expedicionaria española al mando del General Morillo, lo obliga a escapar nuevamente a las Antillas. Allí es testigo de las desavenencias entre los jefes orientales y Bolívar, otra vez por la jefatura suprema de los ejércitos. Sucre se retira, entonces, a la isla de Trinidad en donde permanece por varios meses. A su llegada a Venezuela en 1816, todavía como parte de la oficialidad del ejército oriental y ante la persistencia de las discordias y la diferencia de criterios en torno a la organización y conducción de las operaciones militares, termina por definir su alineamiento político con Bolívar. Comienza entonces una nueva etapa en el desenvolvimiento de los sucesos. No se trata ya de un mandato familiar, tampoco de una contingencia provincial obligante, sino de una decisión política propia. A partir de allí y por decisión suya formará parte de los leales de Bolívar, ello, inclusive podría decirse que le costará su vida en 1830.


En octubre de 1817 se dirige a Bolívar para comunicarle su firme disposición a no permitir «juntas ni bochinches» que alteren lo previsto. Inmediatamente emite una sentencia definitiva respecto a su otrora jefe, el general Mariño, cuando expresa lo siguiente: «...Yo no dudo que el general Mariño se convendrá al orden no teniendo otro arbitrio sino ese o el de ser un guerrillero en los montes de Güiria...»

Para ese momento ya Sucre está expresamente definido dentro del ámbito de los que se encuentran próximos a Bolívar y dispuesto a defender su autoridad, pero también con este comentario reivindica un valor que, en virtud de su formación y de su tradición familiar, le es muy caro: el orden.

Quien está opinando, no es solamente el descendiente de la estirpe noble de los Sucre y Alcalá formado en los principios del orden, la disciplina y el respeto a la autoridad, es también un individuo que, por la experiencia acumulada en sus pocos años de participación en la guerra, tiene una posición tomada con respecto a la necesidad del orden, la disciplina y la subordinación como garantes para el ejercicio de la autoridad. El cambio de rumbo, o mas bien, la definición de Sucre como aliado de Bolívar está emparentada, entonces, con su historia familiar, con su aprendizaje militar y tiene su momento decisivo luego de los sucesos de Cariaco en mayo de 1817, cuando, junto con Rafael Urdaneta, toma la resolución de viajar a Guayana a unirse a Bolívar.

La afinidad Bolívar-Sucre, la alianza natural entre ambos y su perdurabilidad y estrechez, habría entonces que considerarla como el resultado de una herencia común, ambos comparten una misma idea de orden como imperativo ineludible a la hora de sostener el principio de autoridad y la disciplina militar como soportes del ejército. Ambos recibieron el mismo código de orden como fundamento de la jerarquía, de la posibilidad de ejercer la autoridad y evitar las disensiones, el fraccionamiento y la anarquía.

Desde este año, la decisión política de Sucre de convertirse en aliado y hombre de confianza de Bolívar, va a ser determinante en el desenvolvimiento de su vida y en el desarrollo de los acontecimientos americanos. Es así como, a partir de 1820, Antonio Sucre será protagonista de primera línea en los episodios que le dan su orientación definitiva al proceso emancipador de la América del Sur.


II. Entre la acción militar y la práctica política (1820-1824)

Desde 1820, Antonio José de Sucre se convierte en individuo clave del proceso mediante el cual se resuelve definitivamente la independencia en América del Sur, pero también su actuación pública lo colocará en el epicentro de las discordias y enfrentamientos que agitan la dinámica política de las entidades recién nacidas a la independencia. Ello ocurre como consecuencia de su participación en la campaña para liberar a los territorios pertenecientes a la Real Audiencia de Quito, a los cuales se dirige con la finalidad de obtener su definitiva independencia de España y su incorporación a la república de Colombia, tal como se había acordado en el Congreso de Angostura. La misión tiene como propósito fundamental, además de defender las fronteras de la naciente república, consolidar el territorio colombiano desalojando a los enemigos de la región correspondiente a Quito e integrándolo a la jurisdicción normativa y constitucional colombianas.

En la consecución de estos objetivos, la participación de Sucre es fundamental. Primero como representante del gobierno colombiano en la firma de los tratados de Trujillo entre los gobiernos de España y Colombia, lo cual representa el primer paso en lo que sería la determinación de resolver con el auxilio de las armas y la política el destino del continente.

Concluidos exitosamente los tratados la misión de Sucre será dirigir personalmente las operaciones militares y las acciones políticas que garantizarían el éxito de la campaña. Su misión es precisa: extender la independencia hacia el sur para liberar la totalidad del territorio que se suponía debía pertenecer a la nueva nación concebida y creada en Angostura y de esa forma consolidar los logros obtenidos en el norte.

Las instrucciones detalladas de Bolívar a Sucre contemplaban aspectos de logística militar y preparación de las acciones militares, por una parte y, por la otra, objetivos políticos específicos que debían ser cubiertos a fin de garantizar la incorporación de los territorios liberados bajo la hegemonía colombiana.

En la ejecución de la campaña, debe enfrentar una serie de dificultades las cuales se derivan, por una parte, de las exigencias económicas que implicaba el levantamiento y sostenimiento de los ejércitos, su organización, coordinación y dirección para alcanzar el objetivo propuesto, pero por otra parte, de las resistencias que en cada lugar debe sortear a la hora de adelantar las medidas administrativas y políticas que le permitieran cumplir con el objetivo militar de ganar la guerra.

La campaña del sur, si bien exigía enormes esfuerzos logísticos para alcanzar sus objetivos militares, la posibilidad de superarlos no dependían exclusivamente de la capacidad de mando del cumanés, de la efectividad de la disciplina o de las bondades del plan de ataque previsto, sino que su resolución estaba directamente vinculada a la posibilidad de solventar, simultáneamente, los conflictos y contradicciones que se derivaban de la presencia colombiana en los territorios del sur para ganarse, efectivamente y con las armas en la mano, la opinión favorable no solamente hacia el proyecto de la independencia, sino también a favor de Colombia como la nación benefactora cuyos ejércitos lo había hecho posible.

Para Bolívar y Sucre estaba claro que, sólo garantizando la ocupación del sur podría sostenerse Colombia, era ese el propósito claro de la campaña. Pero también, y esto es lo más importante, se trataba de una cuestión de poder, de fuerza política y militar para contener a los vecinos, en particular a Perú, todavía en manos realistas, cuyas aspiraciones sobre el vecino país eran conocidas, incluso después de la intervención de San Martín y las tropas chilenas. Se trataba, entonces, de afianzar la hegemonía colombiana hacia el sur a fin de consolidar, extender y sobre todo proteger a corto plazo las fronteras del nuevo país.

Esta opinión no era compartida por las elites guayaquileñas, pero tampoco estaba claro que fuese la opinión mayoritaria de las demás provincias del departamento. En consecuencia, este delicado asunto, será uno de los contratiempos fundamentales que se le presentarán a Sucre en la ejecución de su misión.

Estas condiciones se mantienen durante todo el período de la campaña, desde la firma del tratado con Guayaquil inmediatamente después de ingresar a esta provincia en 1821 hasta el triunfo de Pichincha ocurrido en mayo de 1822. Tampoco se disipa luego de la victoria y de la constitución del Departamento de Quito como parte del territorio de Colombia. Por el contrario, se agudizan las resistencias políticas locales por las abrumadoras exigencias que representaba el sostenimiento del ejército para la exigua economía del Departamento de Quito luego de su incorporación a Colombia.


El asunto era, pues, bastante delicado. No se definía la situación a favor de Colombia, había quienes favorecían un acercamiento con Perú y quienes estimaban más conveniente la independencia absoluta. Si en un primer momento las demandas de Sucre se habían orientado fundamentalmente hacia el gobierno colombiano para que enviara el número de hombres acordados y respondiera por sus pagas; en la medida que el levantamiento de tropas se realiza en los territorios liberados y, cuando ya las divisiones del ejército colombiano se encontraban en el sur, quienes debían responder por todos estos gastos eran el gobierno y los contribuyentes de los territorios en los cuales se llevaba a cabo la campaña, tal como se había acordado al firmar el tratado con Guayaquil. Sin embargo, a medida que la guerra exige mayores recursos, no demorará el surgimiento de discordias y conflictos, precisamente como consecuencia de las demandas que representaba el sostenimiento de los ejércitos. Ello constituirá uno de los gérmenes centrales del ánimo adverso hacia Colombia que progresivamente va cobrando fuerza en la opinión de estas provincias.

Se trataba, en definitiva, de una contradicción insalvable. Por una parte, era imprescindible sostener a las tropas de forma tal que se mantuvieran en un estado mínimo de decencia que impidiera el descontento y las deserciones. Pero, por otra parte, la única manera de obtener estos recursos extraordinarios era a través de empréstitos, exacciones y contribuciones a los sectores productivos o tomarlos de las exiguas tesorerías, cuyos fondos provenían de los tributos y aranceles que también cancelaban quienes no estaban directamente involucrados en la guerra, lo cual generaba inevitablemente descontentos, rechazo y reacciones contrarias y difíciles de solventar al igual que sucedía con las tropas y los oficiales cuando no se les cancelaba lo acordado.

La situación que se deriva de esta contrariedad, aunado a las reservas políticas existentes en las diferentes provincias con respecto al futuro del Departamento dentro de la República de Colombia, contribuyeron a crear un clima de opinión difícil de apaciguar.

Al comenzar el año de 1823, el ambiente político en Quito es difícil y Sucre alerta al gobierno colombiano acerca de la existencia de un fuerte grupo que, en la próxima legislatura, tenía como proyecto plantear la disolución de la República. Finaliza su comentario con una sentencia contundente: «Iturbide ha señalado el camino más corto de hacer las cosas, y de dar un corte a la revolución»

Aquí está presente muy claramente el ánimo de Sucre ante la impotencia de ver cómo se disolvía el esfuerzo llevado a cabo en Quito como consecuencia de las contradicciones insalvables que generaban por una parte las exigencias militares y, por la otra parte, los compromisos y expectativas políticas. La referencia a la acción de Iturbide en México, cuando se proclama Emperador, es una expresión que no descarta la vía de la imposición de una autoridad suprema y de medidas radicales como recurso de contención ante la disolución política que veía venir.

Hay, pues, evidencias de un profundo malestar político cuyo desenlace se expresará de manera contundente en poco tiempo, no solamente en Quito, sino también en Venezuela y Nueva Granada poniendo fin a la experiencia colombiana. Igualmente se manifestará con contenidos particulares al momento de llevarse a cabo la campaña del Perú, acción indispensable e inevitable para alcanzar la victoria definitiva sobre el último bastión realista de la América del Sur.

Concluida lo que podría llamarse la primera fase de la campaña del sur, le corresponde a Sucre viajar a Perú para, igualmente, consolidar la independencia de esta entidad. El móvil en este caso es fundamentalmente defensivo. Para la república de Colombia era una necesidad improrrogable derrotar la resistencia realista que se encontraba en Perú ya que ella constituía el último bastión militar de España en América y, por tanto el único lugar desde el cual podría realizarse una ofensiva contra las naciones independizadas.

Si la campaña sobre Quito había concluido con un balance contradictorio, el inicio de la campaña en Perú era todavía más problemático y sus resultados políticos difícilmente predecibles. El envío de tropas a Perú no se hacía en condiciones como las que se habían dado en Quito, donde había una opinión bastante arraigada a favor de la emancipación. La situación en Perú era diferente. La declaración de la independencia había sido producto de la intervención directa de las tropas de Chile y Buenos Aires y eran evidentes los síntomas de división y de discordia entre los diferentes sectores y grupos enfrentados por el poder y que, en medio del caos y sin mucha claridad acerca del destino de la región, pretendían dirigir la conducción de los asuntos políticos de unos territorios en los cuales los realistas eran un fuerte oponente y contaban con una base de apoyo significativa a lo interno del país.

Ello determina que el posible éxito de la campaña tenga que afrontar complejas dificultades. Unas, producto de las reservas de Colombia frente a lo que era la situación y las aspiraciones del Perú respecto a los territorios de Quito, otras, como consecuencia de la discordia y desconfianza que separaba a los ejércitos de ambas entidades, a lo que se sumaba la división de la opinión peruana acerca de las ventajas de aceptar el auxilio militar de Colombia.

Se trataba, pues, de un esfuerzo titánico que, en más de una ocasión, llegó a generar profundas reservas acerca de las posibilidades reales de alcanzar el éxito. Sucre, luego de padecer de manera directa lo que era el ambiente de discordias que se vivía en el Perú, tiene sobradas reservas frente al desenlace exitoso de la campaña. Desde este momento hasta mediados del año 1824 sus juicios, comentarios, recomendaciones y expectativas se fundamentan en la idea de que no debía descartarse la posibilidad de un resultado contrario a las aspiraciones de Colombia. Contempla, incluso la posibilidad de organizar una retirada a tiempo que garantizara la integridad del Ejército Libertador como único recurso para defender la independencia de Colombia. No obstante como se sabe, el desenlace termina por favorecer a las tropas colombianas al mando de Sucre el 9 de diciembre de 1824 en las sabanas de Ayacucho.

La victoria militar alcanzada en Ayacucho, aun cuando solventa una de los objetivos de la campaña: expulsar a España de la América del Sur. No logra resolver la inestabilidad y la división política en el Perú. El resultado del triunfo tiene, entonces, un paradójico resultado, por una parte consolida la independencia de América, pero por otra parte, abre las compuertas de lo que será un episodio mucho más complejo que la victoria militar, el de la construcción de la paz.

El resultado es una situación de gran inestabilidad política como consecuencia de la contradicción que surge entre la acción militar y la práctica política, ya que si bien se ve en la necesidad imperiosa de llevar a cabo la campaña consolidando un poderoso ejército que termina por cumplir con la premisa prevista al liberar los territorios de Quito y luego derrotar a los españoles en Ayacucho, ello trae aparejado un profundo malestar político. En las provincias pertenecientes al Departamento de Quito este malestar se expresa en un rechazo creciente a las pretensiones hegemónicas de Colombia sobre estos territorios. En Perú, si bien igualmente se llega a un desenlace militar exitoso, ello no será sino el funesto inicio de una amarga derrota política cuyo paradójico preámbulo es la victoria de Ayacucho.

A partir de ese momento, la misión de Sucre, será resolver el futuro del Alto Perú en donde le corresponderá adelantar el proceso de organización administrativa y política de estos territorios favoreciendo la constitución de una nueva república y cuyo desenlace será el fracaso del proyecto y su derrota política.


III. Del triunfo militar a la derrota política (1825-1827)

Cuando Sucre se dirige al Alto Perú a pacificar esa región para eliminar la última resistencia realista de Sur América, el problema principal no era derrotar a Olañeta, el dilema mayor, o lo que constituía la dificultad fundamental, era definir cuál sería el futuro inmediato de aquel pequeño territorio. Demasiados factores incidían a la hora de optar por una salida que lograra obtener la aceptación de todas las partes involucradas, sin que ello despertara la intranquilidad y el malestar de aquellos que pudiesen ver afectadas sus aspiraciones.

La definición del asunto no estaba, pues, exenta de dificultades, había intereses y opiniones divergentes entre Argentina, Perú, las elites locales e incluso entre Bolívar y Sucre. Le corresponde a Sucre, por encima de las diferencias que ello implicaba, tomar la iniciativa de otorgar el derecho a sus habitantes de que fuesen ellos los que determinaran el destino de la región. Luego de las reacciones ocurridas en los departamentos de Quito como consecuencia de la intervención directa del gobierno colombiano en la fijación de su destino político y habida cuenta de las discordias existentes en Perú por la presencia de las tropas colombianas y la prolongación de la autoridad de Bolívar, el parecer de Sucre es dejar en libertad a estas provincias para que resolvieran su futuro, era ello lo que podría contribuir a que no surgieran de inmediato controversias y recelos que afectaran su porvenir político y que, involucrándose intereses ajenos a la localidad, se desatara un clima de discordia y enemistad entre países todavía en proceso de constitución.

El resultado de la consulta favorece el partido de la independencia del Alto Perú y la creación de una nueva nación con el nombre de Bolivia. Se abría, pues, la oportunidad de adelantar un proyecto político que permitiera poner en práctica la edificación de una nación ajustada a los principios que habían alentado el propósito emancipador como la salida idónea para América.

El ensayo es llevado a la práctica por Antonio José de Sucre, en estrecha vinculación con Bolívar quien, durante los primeros meses, lo acompaña en la definición del proyecto. Cuando diseñan las bases de la nueva nación y Sucre se encarga de llevar adelante la propuesta va a enfrentarse a una titánica tarea. Se trata de llevar adelante un proyecto cuya finalidad era adecuar la compleja y tradicional realidad altoperuana cuya composición social, estructura económica e instituciones obedecían a los rígidos intereses y jerarquías de la dinámica heredada del orden colonial, para convertirla en una sociedad moderna ajustada a los principios del modelo liberal europeo. Al igual que ocurría en las otras naciones independizadas, se pretendía instaurar un proyecto diseñado y elaborado para realidades cuyas condiciones y peculiaridades distaban mucho de las que se estrenaban en América, inmediatamente después de alcanzar su independencia. Ello constituía una coyuntura absolutamente inédita por las características mismas del proceso de emancipación lo cual implicaba que, a la hora de ejecutar el proyecto modernizador, tuviesen que hacer frente, simultáneamente, a las turbulencias políticas que se desprendían de las aspiraciones encontradas de las elites provinciales en sus disputa por el poder, resolver las carencias económicas producto de la crisis que había afectado a cada localidad por el desarrollo de la guerra y atender las severas contradicciones sociales que caracterizaban a estas sociedades mestizas y con un altísimo índice de población indígena, en claro contraste con la supremacía política y privilegios sociales y económicos de las minoritarias elites criollas.

El programa incluía numerosas iniciativas de órdenes políticos, económicos, sociales, culturales, administrativos, burocráticos, educativos, en materia de salud, organización del espacio e institucionales. Sin embargo, de todas ellas, hubo algunas que al pretender un quiebre radical con el orden precedente inmediatamente generaron rápidas y contundentes respuestas cuyo propósito era impedir la mudanza. La reforma eclesiástica y la reforma tributaria serían las piedras de tranca fundamentales de la mudanza.

En la estrategia modernizadora del programa dispuesto por Bolívar y Sucre, una de las acciones tendientes a transformar las bases de la sociedad era, precisamente, dislocar la institución eclesiástica con la finalidad de poner bajo el control del estado su organización y sus recursos y afectar, de esta manera, su poder económico y su incidencia ideológica y moral sobre la sociedad. Con ello, además, se lograría obtener una suma considerable de recursos que servirían para apoyar las reformas en el campo educativo y en el mejoramiento de las condiciones sociales de la población de menos recursos.

Las acciones adelantadas por Sucre y su gabinete para alcanzar este objetivo se orientaron en varias direcciones. La supresión del clero popular, los monasterios, la confiscación de sus propiedades y la imposición de un sistema de patronato como factor de consolidación del proceso de reforma al subordinar la jerarquía secular y el clero al gobierno nacional.

El balance general de la ejecución de la reforma eclesiástica fue positivo en cuanto a los objetivos que se propuso y los resultados obtenidos a inmediato y largo plazo. No obstante su instrumentación causó también fuertes reservas por su carácter excesivamente radical lo cual, no solamente afectaba intereses con una larga tradición, sino que además, hería la sensibilidad religiosa de una sociedad formada y construida bajo la autoridad moral de la Iglesia por más de trescientos años.

Pero si esta orientación liberal marcadamente anticlerical logró obtener algún éxito, no ocurrirá lo mismo con el intento de igualar a la población mediante una reforma tributaria de contenidos peligrosamente renovadores.

Uno de los problemas que enfrentaron todas las naciones en su proceso de reorganización a raíz de la independencia fue el de crear un sistema económico propio que permitiera ajustar las necesidades del país a sus posibilidades reales. En el caso de Bolivia, a la hora de responder ante este imperativo, se tomó el camino de un total reordenamiento fiscal que obedeciera a los intereses y exigencias del país y que estuviese ajustado a los principios liberales que inspiraban el programa de reformas económico-sociales.


El propósito era eliminar la estructura administrativa y arancelaria de la época colonial, la cual tenía su origen en las necesidades de la metrópoli y crear una acorde a la nueva situación. En este reordenamiento se contemplaban dos iniciativas que fueron las que generaron las mayores resistencias: la primera, la eliminación del tributo indígena; la segunda, la creación de un sistema de tributación directa.

La aprobación formal de esta determinación tiene lugar con la sanción del decreto del 22 de diciembre de 1825 en el cual se elimina el tributo indígena y se reglamenta el gravamen directo y universal. Su ejecución va a generar una enorme oposición desde los más diversos sectores de la sociedad boliviana. Ello ocurre como consecuencia de la complejidad y alcance de las reformas, de sus incidencias sociales, políticas y económicas, de la difícil coyuntura en la cual se pretende llevar a cabo, de lo contradictorio que resultaban muchos de sus contenidos programáticos y, finalmente, de la intrínseca debilidad del régimen para sostenerse y alcanzar los objetivos propuestos.

El desmantelamiento del poderío eclesiástico y la orientación igualitaria del sistema tributario afectaban directamente las bases y los fundamentos económicos, sociales e ideológicos de la sociedad tradicional, de allí que su instrumentación incidiera dramáticamente en la frágil estabilidad del gobierno, afectara el equilibrio fiscal y obstaculizara la posibilidad de un crecimiento económico sostenido. Rápidamente se hicieron sentir los síntomas de una aguda crisis económica, difícil de solventar, sin echar atrás parte de las reformas adelantadas. Ello además, estaba en estrecha conexión con la novedad de los mecanismos institucionales que se procuraban inaugurar para darle forma a ese estado, pretendidamente moderno, cuya expresión más acabada era su inevitable vulnerabilidad. La insostenible y dramática contradicción hacían a Sucre expresarse con enorme pesimismo, cargado no obstante de patética objetividad, tal como se desprende de una de sus comunicaciones a Bolívar, fechada en noviembre de 1827 cuando decía: «Nuestros edificios políticos están construidos sobre arena; por más solidez que pongamos en las paredes, por más adornos que se les hagan, no salvamos el mal de sus bases. La mayor desgracia conocerlo y no poderlo remediar».

La conjunción de todos estos aspectos favoreció el rápido surgimiento de fuertes corrientes de oposición por parte de aquellos cuyo malestar frente a las tentativas de cambio se materializaron en el rechazo a Sucre y su equipo en la dirección del proceso y en la aspiración y tentativa de recuperar la perdida hegemonía en la conducción de los asuntos políticos de la nueva nación. Las expresiones del descontento se pusieron de manifiesto contra las reformas antes aludidas, frente al estatuto constitucional boliviano cuya orientación autoritaria contrastaba con los contenidos liberales de la oferta emancipadora y también en relación a las reservas que despertaba una posible confederación con el Perú ya que había sobradas razones para desconfiar de las pretensiones territoriales peruanas sobre Bolivia así como de la disposición de los sectores políticos y militares del vecino país de intervenir en los asuntos internos de Bolivia.

Finalmente, el desenlace de las corrientes de oposición tiene otra de sus expresiones en la descomposición progresiva del ejército libertador, advertido por Sucre en su correspondencia de manera reiterativa ya que se había convertido en una dificultad insalvable satisfacer las demandas y aspiraciones de la oficialidad así como resolver el descontento creciente que había en la tropa luego de haber finalizado la guerra y no ver satisfactoriamente satisfechas sus expectativas económicas y de poder. La conjunción de todos estos aspectos, terminan por propiciar el estallido de una sublevación y la expulsión de Sucre de Bolivia; ello constituye el fin de la experiencia gubernativa que se pretendió ejecutar durante esos dos años y pasa a convertirse en el acto inicial e irreversible de la derrota política del Mariscal y del fracaso definitivo del proyecto que él representaba.


Cuando estalla la sublevación de diciembre, preámbulo de los sucesos que finalmente desalojarán a Sucre de Bolivia, no eran una novedad el descontento, la indisciplina, el malestar y la descomposición existentes entre las tropas libertadoras, tampoco era la primera vez que el mismo Batallón había dado muestras de malestar, ya que en agosto había intentado amotinarse en Potosí.

Después de estos hechos, la posición de Sucre respecto a su permanencia de sólo dos años en el poder no hace sino reafirmarse, su comprensión de las dificultades y su desconfianza frente a los posibilidades de que se produjera un cambio favorable así como sus prevensiones respecto a las aspiraciones de Perú sobre Bolivia, presentes desde el primer momento y agudizadas luego de los cambios políticos ocurridos en el vecino país, lo llevan a expresarle a Bolívar sus impresiones sobre la situación y su resolución de retirarse de la vida pública, en carta del 27 de enero de 1828:

«Si se me pregunta porqué he repetido tantas veces que me voy, respondo: 1º porque tengo una repugnancia invencible por la carrera pública; 2º porque siendo un extraño no puedo hacer el bien al país con medidas sólidas; 3º porque estoy persuadido que a la larga debe Bolivia incendiarse como el resto de la América, y yo no quiero ser víctima cuando conociendo las causas veo que es imposible el remedio, puesto que todo el trabajo es en falso, y que todo esto es, políticamente, un montón de arena que el soplo de cualquier atrevido lo destruye; y en fin por mil y mil razones en que no entra por poco la conducta del General Santander hacia mí colocándome cada vez en peor posición con las órdenes que daba a las tropas aquí, y que debían conducirlas infaliblemente a la desmoralización como ha sucedido, comprometiendo cada vez más la suerte y la tranquilidad de Bolivia»

A los pocos meses, la oposición interna se moviliza, hay descontento, rumores de conspiración y una clara hostilidad contra el mandatario. Los temores de Sucre de que un incendio devorara a Bolivia y a él mismo se ven confirmados el 18 de abril con el estallido de una revuelta en Chuquisaca, promovida por el Batallón de Granaderos del Cuartel de San Francisco. La salida de Sucre de Bolivia es inminente.

En su mensaje al Congreso deja constancia de sus puntos y principios relativos a su gestión pública y puntualiza sus opiniones acerca de lo que, más allá de las circunstancias particulares de Bolivia, debían tenerse presentes en todos los territorios recién nacidos a la soberanía. El primero de ellos advertir el peligro que representaba la imposición armada de las nacionales más fuertes sobre las más débiles como había sido el caso entre Perú y Bolivia, de donde se desprende un principio de enorme pertinencia y relevancia: la no intervención en los asuntos internos de los vecinos. Ningún país de América podía abrogarse el derecho de pretender incidir en la definición de los problemas políticos internos de otra entidad.

El fracaso de Sucre en Bolivia, no es exclusivamente la derrota de un mandatario producto de una serie de contingencias políticas cuyo funesto epílogo fueron el motín de abril y la invasión peruana, sino un asunto de mayor entidad por sus complejos y contradictorios ingredientes, que, por lo demás, no fueron exclusivos de la experiencia boliviana, sino que tuvieron incidencia similar en cada una de las naciones que transitaron por el difícil periplo de nacer a la vida independiente durante esos años.

En el caso de Bolivia el proceso está en estrecha relación con las condiciones particulares en las cuales se da la declaración de la independencia, con las aspiraciones e intereses encontrados de las elites, con las pretensiones territoriales de los vecinos, con la resistencia al cambio producto de las reticencias que ocasionaba la transformación radical de las estructuras de poder tradicional, con la confrontación entre proyectos políticos divergentes, con la disputa por la hegemonía por parte de las elites bolivianas, por la dificultad institucional de consolidar un proceso de reformas que afectaba intereses de larga tradición. En síntesis, por lo que representaba, tanto en Bolivia, como en el resto de América, construir un nuevo sistema de poder y de relaciones que, sin modificar esencialmente la dinámica precedente, diera lugar al nacimiento de los estados nacionales y a toda una novedosa, inédita y compleja configuración política, económica y social cuyos definitivos ajustes no era posible alcanzar sino luego de un difícil y tortuoso camino de desavenencias y entendimientos.


IV. La muerte política del Mariscal (1828-1830)

Luego de su salida de Bolivia, la aspiración de Sucre es, tal como lo había expresado en otras oportunidades, retirarse a la vida privada. Es ello una decisión que lo anima al concluir la campaña de Perú, sobre lo cual insiste al tomar la dirección de los asuntos de Bolivia y lo que seguramente determina su resolución de contraer matrimonio con la quiteña, Mariana Carcelén, con quien se había comprometido antes de salir de Quito en marzo de 1823 y con quien se casa por poder en los mismos días de los sucesos de Chuquisaca.

Cuando regresa a Quito, finalizando septiembre y se dirige a la casa de quien ahora era su esposa, han transcurrido más de cinco años de separación durante los cuales no había tenido ninguna posibilidad de estrechar los vínculos afectivos de aquel noviazgo a distancia. Son dos perfectos desconocidos. Sucre llega envejecido, disminuido físicamente y sin mayores bienes de fortuna para responder a las demandas de su vida doméstica. La familia Solanda, por su parte, tampoco se encuentra en situación holgada. Las exigencias económicas de la guerra, han afectado, al igual que a la totalidad de la economía del departamento, la fortuna de la marquesa.

Sucre se ve, entonces, en la situación de responder con sus exiguos recursos a los compromisos que pesaban sobre su nueva familia y atender los asuntos referentes al patrimonio de su esposa. El desaliento frente al inevitable desenlace que ve avecinarse, lo llevan a escribirle a Bolívar. El móvil que anima tal distracción no es otro que opinar y manifestar su estado de ánimo y pesimistas expectativas luego de conocer la noticia del atentado contra Bolívar ocurrido en Bogotá. Si bien su irrevocable decisión era no inmiscuirse en política, la magnitud de los hechos lo obligan a fijar su posición. Esta disyuntiva insalvable entre el deseo de mantenerse ajeno a la política y las exigencias que imponen la dimensión de los sucesos que ocurren mientras procura constituir una familia, forman parte de la dinámica en la cual se desenvuelven los dos últimos años de su vida.


En su carta a Bolívar hace hincapié sobre un asunto medular el cual considera determinante en la disolución de Colombia y para el futuro de América: «....el estado de desmoralización de nuestras tropas». Ello, en su opinión, había sido claro en los sucesos de Bolivia y se repetía en Colombia, agravado por el hecho de atentar contra el hombre «...a quien todo lo debemos».

Aquella advertencia que tempranamente lo había impulsado a alinearse definitivamente con Bolívar en el año de 1817, vuelve a estar presente en el ocaso de Colombia. Sin disciplina, sin idea de autoridad, orden y jerarquías, la disolución era el desenlace inevitable. Convencido como estaba y consecuente, desde el comienzo de sus andanzas, con estos principios, no se pronuncia en contra de la adopción del recurso dictatorial ejecutado por Bolívar. Por el contrario, en su correspondencia con el Libertador le ratifica su concepción acerca de la adopción inevitable de medidas radicales para resolver situaciones de emergencia; esta salida también había estado presente cuando, luego de la sublevación de Pasto en octubre de 1822 y frente a las tendencias que en Quito y Guayaquil auspiciaban la disolución de la república, hace alusión a la resolución de Iturbide en México de erigirse en dictador. De allí que, ante la crítica situación por la que atravesaba Colombia, no ve una salida diferente.

No era, pues, el momento de dar tribuna y espacio a los demagogos, sino de actuar para salvar a la República, tal como lo estaba ejecutando Bolívar desde Bogotá. Esta situación, sumada al estallido de la guerra entre Colombia y Perú, determinan su extrañamiento de la vida doméstica para asumir la dirección de las tropas que someterían al ejército peruano. El compromiso militar ineludible de someter a quienes hacía escasos años había contribuido a liberar, forma parte de este proceso contradictorio y violento que constituye el desmantelamiento de la concordia entre los americanos

Luego de estos sucesos regresa a Quito y se retira a la hacienda de Chishinche adonde lo visita Bolívar. No se habían visto desde diciembre de 1825 cuando Bolívar había salido de Bolivia y le había dejado el encargo de la presidencia. El diálogo entre ambos era una nueva oportunidad para estrechar los vínculos de lealtad y afinidad entre los dos individuos más representativos de la política colombiana de ese momento.


El paréntesis doméstico del Mariscal, se vuelve a interrumpir. En esta ocasión se trata de la reunión del Congreso Admirable de Colombia, el cual se llevaría a cabo en Bogotá. Difícilmente podía Sucre eximirse de atender esta convocatoria. Se trataba una vez más de un compromiso político insoslayable, su lealtad a Bolívar se lo imponía en un momento en el que su autoridad y prestigio se encontraban seriamente afectados en todo el territorio colombiano y en el de los vecinos; el oscuro futuro de la república dependía de que este evento tuviera lugar; pero además, su figuración indiscutible en los acontecimientos militares y políticos de la última década, convertían este compromiso en un imperativo ineludible.

No obstante, la expectativa de Sucre frente a las posibilidades reales de salvar la unidad colombiana eran pocas. Un año antes, en diciembre de 1828, en la antesala de la guerra con Perú, le había manifestado a Bolívar su ánimo respecto al futuro de Colombia:

Yo no sé si los Departamentos han sido conducidos a la posición difícil en que están, o si las cosas mismas los han colocado en tal estado. Es cierto y demasiado conocido, que no hay entusiasmo; que el espíritu nacional por Colombia está extinguido pero que es preciso examinar este extinguimiento de la opinión pública para juzgar, o para poner remedio....

Ya en Bogotá y designado Presidente del Congreso, su opinión no se ha modificado ostensiblemente. Por el contrario, frente a la posibilidad de que se le otorguen nuevas responsabilidades políticas su respuesta es disuadir al Congreso e insistir en su determinación de aislarse de la política.

El 6 de febrero el Congreso lo designa miembro de la Comisión que debía viajar a Venezuela para solicitarles a las autoridades del departamento que desistieran de su voluntad separatista y se avinieran a un acuerdo con el Congreso colombiano a fin de salvar la unidad de la república.

Como lo preveía Sucre, la respuesta venezolana no es favorable a la oferta colombiana, antes bien, se oponen al ingreso de los comisionados en territorio venezolano, y éstos se ven obligados a esperar en Cúcuta la llegada de los emisarios de Venezuela. Aun antes de llevarse a cabo la primera reunión, Sucre estima que el futuro de Colombia no tiene mayores posibilidades: «..creo que el incendio revolucionario lo abrasará todo». Su escepticismo es completo. No ve ninguna salida y reitera su apreciación acerca de las dificultades que convertían en un hecho virtualmente imposible la sobrevivencia del proyecto colombiano, tal como se desprende de su comunicación a su amigo Vicente Aguirre en abril de 1830:

Esta Colombia está condenada a ser un caos y un barrullo. Cae uno del porrazo de un militar y si tiene fuerzas para levantarse, lo espera un fraile con su excomunión; y si por casualidad guarda uno alguna bendición apostólica de reserva para escaparse, lo espera un demagogo con su cuchilla popular; y si es tan afortunado que evade los peligros, lo aguarda en el término un rentista que lo lleva a vender en un estanco. Entre tanto se hace todo en nombre de la libertad y de las leyes. Si no me equivoco, es ésta una ligera, pero exacta pintura de nuestro estado; y tan exacta, que puede Vd. imprimirla en alguna gaceta de Gobierno.


Entre sus proposiciones en la mesa de negociaciones, además de la oferta del gobierno colombiano de que se acogieran a la Constitución y se defendiera la unidad, está la de sugerir que ninguno de los generales en jefe pudieran ser presidentes o vice presidentes de la república, y tampoco presidente de ninguno de los estados si se resolviera una federación, por lo menos durante el primer turno en que se establecerían las Constituciones, puesto que «....el abuso que se ha hecho del poder militar ha producido alarmas y desconfianza, que hacen urgente esa medida». El objetivo era demostrar que ni Sucre ni Bolívar tenían aspiraciones futuras en Colombia, pero además con esta medida se pretendían anular las claras aspiraciones de los «peligrosos militares» que se encontraban tras los hechos ocurridos en Venezuela. A lo que habría que añadir el ánimo de escepticismo y desconfianza que había en Sucre respecto al relajamiento moral y la falta de disciplina que había hecho estragos en el aparato militar, convirtiendo al Ejército Libertador en una institución poco confiable, como lo habían demostrado los sucesos de Bolivia, de Bogotá y ahora de Venezuela. Sus reservas no eran infundadas.

Fracasadas las negociaciones, Sucre regresa a Bogotá cuando ya Bolívar se ha ido rumbo a Santa Marta. Sucre, decepcionado y desencantado frente a lo que ve como una situación irremediable regresa a Quito. Su propósito es el mismo que estuvo presente al salir de Bolivia y que no dejó de considerar en ningún momento como la alternativa para deshacerse, de una vez por todas, de los compromisos que le había impuesto su vida pública; dedicarse a construir una familia y una vida ajena al barullo y las discordias del poder.

Cuando sale con destino a su casa, a pesar de contar con escasos 35 años, Antonio José de Sucre es un hombre lleno de muerte, como bien sugiere Manuel Caballero en su ensayo «Las tres muertes del Mariscal Sucre». No solamente por haber sobrevivido varios intentos de asesinato, sino sobre todo por lo que representaba políticamente en un momento en que el destino de Colombia se había sellado para siempre.

A Antonio José de Sucre como a Bolívar le sobraban enemigos, no solamente personales, sino sobre todo políticos. Después de Bolívar, Sucre era el hombre más importante de Colombia, su lealtad y afinidad con el Libertador-Presidente, lo convertían junto a Bolívar en el epicentro del descontento ya que representaba la posibilidad más cercana de dar continuidad al proyecto colombiano, a pesar suyo y no obstante haber repetido hasta la saciedad que no le interesaba mantenerse en la arena pública. Su prestigio militar, su trayectoria política y su destacada figuración en el desenlace de los acontecimientos más relevantes que terminaron por reafirmar y consolidar el proyecto emancipador, lo hacían beneficiario, por una parte, de las excelencias y logros del proyecto, pero por la otra, responsable igualmente de sus deficiencias, contradicciones y desviaciones políticas, aun cuando muchos de los resultados negativos de la empresa no fuesen consecuencia directa de su actuación pública.


Esto último es el móvil central en el cual se fundamenta la oposición contra Sucre y Bolívar por parte de los jefes militares y las elites políticas en cada una de las entidades comprometidas en la empresa de la emancipación. En Bolivia es expulsado, argumentando, entre otras razones, su condición de extranjero, y el ejercicio del poder de manera autoritaria como resultado de los principios que contemplaba la constitución boliviana. En Perú se le rechaza por colombiano, es decir por extranjero, pero además por haber contribuido de manera fundamental en el cercenamiento de su territorio y por haber defendido esta determinación con las armas y, por si fuera poco, con éxito. En Venezuela se le niega la entrada por ser el representante de un gobierno extranjero y por pretender reivindicar las bondades de la unidad colombiana, en consecuencia el héroe de Ayacucho no es bienvenido en su país de origen. En Bogotá, su presencia constituye un estorbo para la disolución de Colombia y un peligroso adversario a la hora de liquidar la hegemonía militar de los venezolanos, por tanto, se aprueba un estatuto constitucional que inhibe la posibilidad de que acceda a la presidencia.

El Ejército Libertador, el cual contribuyó a constituir, disciplinar y organizar, se encuentra dividido y desmoralizado, se convierte, entonces, en pieza clave del desmoronamiento de la República y en protagonista estelar de los movimientos en contra de Sucre y de Bolívar, tanto en Perú, como en Bolivia, Venezuela y Colombia. Ni siquiera el Ejército Libertador constituía factor de apoyo suficiente para impedir su liquidación política.

De manera que, cuando Sucre sale de Bogotá rumbo a Quito, como si fuera exclusivamente el esposo de la señora Carcelén que regresa a la paz doméstica, sin escolta y sin prever las medidas de seguridad que exigían su especial condición, no solamente por su alta investidura como segundo hombre de Colombia, sino por la magnitud y relevancia de lo que él representaba políticamente, tanto a favor como en contra, va, como diría García Márquez, a enfrentarse a una muerte anunciada.

Al optar por la vía terrestre en vez de la marítima debía cruzar la provincia de Pasto, bajo el control de José María Obando, oficial del ejército Libertador quien poco tiempo atrás se había levantando contra la tiranía de Bolívar, pero además se trataba de unos territorios cuyo sometimiento había sido una empresa complicada y violenta, producto de la resistencia que habían opuesto sus habitantes a la presencia de los ejércitos colombianos. No era, pues, un terreno exento de peligros para el héroe de Ayacucho.

El 4 de junio se produce la emboscada en la selva de Berruecos. La versión más difundida de los hechos indica a José María Obando como el autor intelectual y a José Erazo y Apolinar Morillo como sus ejecutores materiales, éste último, fue condenado y fusilado por haber sido quien disparó el arma.

No obstante, como generalmente ocurre con episodios de este tipo, inmediatamente y transcurrido el tiempo surgieron las más diversas versiones sobre el hecho y los supuestos responsables e implicados en el magnicidio. Con mayor razón en el caso de un individuo como Sucre, en una circunstancias como por las que atravesaban Colombia y sus vecinos y en decisivo, agitado y controversial año.

No viene al caso reabrir el expediente del atentado y hurgar nuevamente los papeles y los rastros y huellas dejados por la intriga y los conciliábulos para dar con una versión que termine por demostrar fehacientemente los detalles del episodio. Si el instigador del asesinato no fue Obando, sino Flores, o Santander, o Gamarra u Olañeta o cualquier otro, la conclusión es la misma. La muerte de Sucre fue una acción determinada por la política «...lo que se estaba liquidando era menos un hombre que la estructura política y, sobre todo, la posible continuidad de una república que, de haberse mantenido, hubiese llegado a ser tan grande y poderosa como también prometían serlo México y la Argentina, y acaso, como los propios Estados Unidos».

El fin de Sucre es también el fin de la posibilidad de consolidar los logros de la independencia con la edificación de naciones poderosas, sólidas y estables como se pregonaba sería Colombia. Este hecho, además, coincide con la liquidación definitiva de la existencia imperial de España cuya disolución fue producto de su imposibilidad de sostener una fórmula de poder que se encontraba en decadencia, favoreciendo así el triunfo de la emancipación la cual fue ejecutada militarmente por Antonio José de Sucre quien, paradójicamente, es aniquilado por la vorágine de una revolución que él mismo había contribuido a levantar.

Para concluir vale la pena señalar que todas estas reflexiones no han tenido otra finalidad que contribuir a ubicar fuera del ámbito apologético a la independencia y a uno de sus próceres. No nos interesaba volver a insistir acerca de las bondades del proyecto emancipador, mucho menos levantar una nueva estatua a quien ya ha sido suficientemente mitificado y valorado en términos muy parecidos a los que utilizó Bolívar cuando se enteró de su asesinato cuando desde su abatimiento político manifestó «...ha muerto el Abel de Colombia».

La vida de Sucre, al igual que su muerte, forman parte de un proceso político, el de la historia de la lucha por el poder en tiempos de la independencia. Valorar entonces estos hechos con la mirada puesta en lo que fue realmente la dinámica de la contienda emancipadora, ubicar a sus protagonistas desde la perspectiva de lo que constituyó efectivamente el combate que libraron y los móviles que los animaron y movilizaron representa no sólo un ejercicio de revisión historiográfica, sino también la posibilidad de comprender con mayor certidumbre sus implicaciones, alcances y contradicciones. Solamente de esta manera podrán superarse las visiones que pretenden ofrecer anacrónicas respuestas para las exigencias del presente sobre la sombra y las cenizas de la independencia y sus conspicuos próceres acartonados, lo cual no es sino una manera de encubrir su incapacidad para construir las demandas y respuestas que exige el porvenir.

El héroe de Ayacucho, la víctima de Berruecos, el «Abel de Colombia» o, más propiamente Antonio José de Sucre, fue un individuo que vivió su circunstancia política y se empeñó en actuar y generar las respuestas que demandaba su particular y dinámica realidad. Su inmenso valor histórico consiste precisamente en ello. Quizá este sea el legado que vale la pena rescatar cuando ya han transcurrido más de doscientos años de su nacimiento.

*Prof. Inés Quintero

Historiadora, UCV

 

 
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